Luz Sepúlveda
Pedro Diego Alvarado. Transmutaciones.
Uno de los aspectos
que más llama la atención en la pintura de Pedro Diego Alvarado
es justamente que sea pintura, en una época en la que se debate acerca
de su credibilidad. Lo que en la primera mitad del siglo xx fue una clara desavenencia
entre la pintura figurativa y la abstracta, desde los años que siguieron
a la segunda posguerra y principalmente desde los 60, la controversia crítica
se volcó hacia las corrientes de arte conceptual frente a las obras bidimensionales
de la pintura. Es verdad que en los años 60 y 70 el oficio pictórico
estuvo prácticamente eclipsado —salvo algunas excepciones—
por las manifestaciones conceptuales; sin embargo, a partir de los años
80 y 90 adquiere un renovado valor que lo coloca en una muy alta jerarquía.
Ya sea con un contenido netamente formal que se inclina hacia los lenguajes
abstractos, o aquella pintura que opta por la figuración, se ha visto
que un número considerable de obra pictórica conforma las muestras
más significativas de los últimos 20 años. ¿Cuántas
veces no se ha insinuado, no sin cierto temor, que la pintura ha muerto? Creo
que solamente los apocalípticos pueden llegar a tal afirmación,
pues es evidente que la historia del arte se renueva, rejuvenece, consolida
y aparece nuevamente con un fuerte talante de supremacía artística.
Aun con los debates
que se tornan álgidos en cuanto a la validez de la pintura en una era
en la que prácticamente cualquier objeto puede ser representado —en
fotografía, por ejemplo— o incluso inventado —en la pantalla
de la computadora—, Pedro Diego se mantiene al margen de tales diatribas
y exhibe su predilección por este medio de expresión. La técnica
que emplea el artista, su método de trabajo, su talento heredado, adquirido
o aprendido, las formas que concibe y la destreza con la que trabaja y muestra
sus resultados, hacen de él un importante elemento en el panorama artístico
contemporáneo de México. Pedro Diego observa la naturaleza, capta
su esplendor, abstrae la esencia de sus figuras y las plasma sobre el lienzo.
¿Anticuado? Se ha dicho que el mundo del arte sería estéril
y aburrido si no fuese por el vaivén de las modas; se ha hablado de un
arte de avanzadilla que reta a las expectativas de los espectadores; se ha acusado
a aquellos quienes ignoran el peso del concepto en una obra artística;
y, no obstante las argumentaciones lúcidas de los autores “antipictóricos”,
¿en qué momento ha muerto la tradición pictórica?
Para cada vanguardia, existe una retaguardia, afirmó en su momento Clement
Greenberg. Para cada obra establecida en el mainstream, existen formas alternativas.
Y si en los decenios del 60 y 70 los códigos conceptuales fueron la alternativa,
hoy en día parecen más una moda que le cede el lugar de lo oculto,
inalcanzable e innovador a la pintura.
La pintura figurativa
siempre ha estado ligada al concepto de la representación. En la época
actual, es difícil establecer una jerarquía icónica, ya
que prácticamente toda nuestra esfera cognitiva se encuentra bombardeada
por imágenes. Como advirtió Baudrillard, el signo se ha apoderado
del significado. Ya no importa el trasfondo que tenga el signo mientras se encuentre
bien representado. Ya no importan los significados pues solamente es verídico
lo que se logra ver. Vemos imágenes, representaciones, íconos
y simulacros que no significan nada: lo llama “el crimen perfecto”.
Y en un mundo en el que la ideología ha sido suplantada por la representación,
la ironía de la historia nos reserva un planteamiento paradójico:
es justamente ahora cuando más importante es la misma representación.
Una representación,
al igual que un símbolo, tiene un significado, pero a diferencia de los
símbolos, su significado es trascendente. Alvarado, además de
trabajar sobre la problemática de la representación, problematiza
la realidad al hacer transmutaciones de ella. Lo que él considera problemático
o, por decirlo de una manera más suave, retador, no es la representación
aislada, ni su proceso de significación, sino la realidad misma. La pintura
de Pedro Diego puede considerarse como un intento de resolución de problemas,
como una búsqueda destinada a elaborar las transformaciones de la realidad
que se ha vuelto frágil en un universo icónico sin significado.
Si las imágenes son un simulacro de la realidad, las pinturas de Pedro
Diego son una transmutación de ella. ¿Qué se hace en un
mundo dominado por las imágenes? ¿Cómo se logra trascender
lo inmediato para así poder acceder al fondo de las representaciones?
¿A través de abstracciones de la realidad? ¿O como lo indica
la pintura de Alvarado, a través de transmutaciones de las formas?
Su pintura indica
claramente que se puede acceder a una multiplicidad de interpretaciones a partir
de la ruptura entre el objeto real y su representación. Así lo
hace evidente en las series que trabaja: nopales, magueyes y candelabros, frutas,
verduras y árboles florales, paisajes, terrenos y cielos plenos de nubosidad.
No se trata únicamente del resultado en conjunto lo que es rico en su
repertorio, sino el tratamiento individual de cada una de las parcelas que conforman
los lienzos de Pedro Diego.
¿Cómo
poder hacer una pintura en apariencia frívola, en un momento histórico
en el que parece que se ha llegado a la imposibilidad de la conciliación?
Alvarado responde con premura mas no sin reflexión: hace pintura que
él mismo goza, para que el espectador goce y se deleite, justamente en
el momento en que más es necesario ese lapso de tiempo para la meditación.
A ese fragmento de tiempo al que nos arroja el artista para el éxtasis
estético lo llamó Gillo Dorfles “el intervalo perdido”.
Sin esta ”pausa diastemática” todos los pensamientos y reflexiones
son abolidos en el acto de la ejecución. Y entonces, el arte no serviría
para nada. Para poder digerir el caos cotidiano se necesita del silencio y las
pinturas de Pedro Diego nos otorgan ese lapso de quietud indispensable como
estrategia de supervivencia.
En una anterior serie
de 1999–2000 titulada Geometría quieta el artista tomó como
modelos las mismas figuras que en la exposición actual (principalmente
frutas, verduras o plantas) pero su desempeño sobre el lienzo fue distinto.
Si, como su título lo indica, posicionó los objetos como si se
tratase de una naturaleza muerta, en la actual exposición Transmutaciones,
el efecto que se genera dentro del cuadro es de un dinamismo pausado. Ahora
los elementos se encuentran mucho más libres de cierta rigidez que le
otorgó a Geometría quieta. Ahora los lienzos se encuentran igualmente
bien estructurados pero perdieron la rigidez de antes.
Ganaron terreno en
cuanto a la atmósfera que deja respirar, de la misma manera que las transmutaciones
lucen una textura tanto táctil como visual que hablan de un trabajo con
una técnica mucho más depurada. El refinamiento que se vislumbra
desde el primer encuentro se debe al empeño laborioso de quien conoce
su oficio, al mismo tiempo que es evidente una mayor libertad de creación.
En la obra Agaves tequileros, por ejemplo, un paisaje aparentemente inocuo muestra
en primer plano hileras de agaves que se alejan en una perspectiva clásica
que se corona con un par de cerros y un cielo al fondo. La quietud de la obra
recuerda el tratamiento que de Chirico daba a sus pinturas metafísicas,
pero sin dejarse atorar por esas auras de misterio que prevalecen en el italiano.
Alvarado, en cambio, permite que las formas respiren, que los espacios den lugar
a que el ondulante aire acaricie las plantas a pesar de transmitir un sepulcral
silencio ante el espectador.
En esta misma tónica
Datura vertical y Datura horizontal son excelentes trabajos de acercamiento
sobre fondos finamente elaborados que ocasionan que la figura principal resalte
y luzca en cada detalle. El espacio se encuentra más encerrado y, sin
embargo, las flores danzan sin obstáculos. De distinta lectura son las
piezas Plátanos verdes y sandía, así como Piña y
toronjas, las cuales poseen una cualidad de “naturaleza viva” que
sus anteriores cuadros no demostraban. En el primer caso, una penca de plátanos
descansa sobre una sandía, mientras en el primer plano, otra abierta
deja escurrir su jugosa carnosidad. El segundo ejemplo igualmente permite que
las frutas abiertas (el melón y la piña) rezumen de jugo, carne
y fibra. En ambos casos la textura está trabajada de una manera excelsa,
y lo que destaca de estos dos cuadros es la cuestión de que son aproximaciones
de otras obras que Pedro Diego realizó con anterioridad. Es decir, son
acercamientos o close-ups , apropiaciones o recontextualizaciones de obras pre-existentes,
lo que hace que sean aún más interesantes tanto en su forma, como
en su estructuración conceptual. De otro tipo son Frutería y Recaudería
las cuales, de mayores dimensiones, muestran las frutas y verduras expuestas
tal y como se verían en la realidad: acomodadas en cajas, hileras o pirámide
para lucirse ante el consumidor en un mercado. Si bien estas obras tienen un
carácter más convencional tanto en su contenido como en su resultado,
el proceso de ejecución no permite que se pierda aquel dinamismo que
fluye en otras piezas. El color, las formas y la composición en general
hablan de un ejercicio en el que el artista no ignoró ninguna parcela
del lienzo para la obtención de los resultados más óptimos.
La serie intermedia
entre estas dos se titula Emblemas y Pedro Diego la trabajó en el 2001.
El artista abandona la geometrización, sin por ello olvidarse de la quietud
que pondera en cada una de sus obras. Nopal teotihuacano, Candelabro oaxaqueño,
Plátanos machos o incluso algunas piezas disímiles como Mitla,
Espíritu y materia o Crucifixión, son la antelación de
lo que el artista presenta en Transmutaciones. Espacios libres y fondos planos
en colores tenues sostienen a las figuras que se yerguen en todo su esplendor
para dejar mostrar cada uno de sus detalles plenos de texturas, ondulaciones,
luces, sombras, brillos y consistencia formal. Las obras recientes Mameyes y
Granadas se relacionan a esta serie en tanto que se trata de un acercamiento
al objeto representado en el que la sombra de la fruta se convierte en el fondo
mismo del lienzo lo que ocasiona que resalte la forma de las figuras principales.
Destaca de la exposición
Transmutaciones una serie de obras realizadas en formato cuadrado. De alguna
manera, la aproximación que se tiene a las imágenes distorsiona
la visión del espectador ya que la proporción de la imagen se
ve engrandecida, de la misma forma que el artista presenta parcelas de otros
elementos —ya sean verduras, frutas, canastos o estantes— que nos
obliga a centrar la atención en el detalle trabajado de manera excelsa
por Pedro Diego, al mismo tiempo que la fragmentación denota un entero
conocimiento de la estructura de la forma. Ya sean nopales, peras, pitayas o
granadas, coliflor, poros o apios, el artista toma como pretexto aquellos elementos
que les son intrínsecos a cada una de las formas, para representarlas
en una totalidad y brindarle al espectador un prolongado “intervalo de
silencio” gracias al cual podemos concluir con una catarsis estética.